CARTA DEL ESPISCOPADO FRANCO A LUIS EL GERMÁNICO(858) 

 

Los perores males que conoce la cristiandad son los que, al desprecio de todas las leyes divinas y humanas, los cristianos infligen a los cristianos, de parientes a parientes, un hermano a su hermano... Guardáos que vuestro palacio, que debe ser un palacio sagrado, no sea un palacio sacrílego y que bajo el pretexto de corregir el mal que ha sido hecho, no hagas peor aún... La caridad os empuja a ir a combatir a los paganos (...), y a liberar así a la Iglesia y al reino.

El rey, si él es un rey cristiano y desea reinar según Dios, debe escuchar los consejos de los obispos... Si Dios decide confiar en vuestras manos de la causa y la gracia de la Iglesia y del reino, nos emplearemos a hacer bajo su gobierno lo que nos parecería lo más conveniente a las disposiciones divinas. Pues Dios puede de un mal principio sacar felices términos, lo que es posible para El, pero parece imposible a los hombres.

Que (Luis) vea bajo cuál aspecto, aunque el Señor lo hubiera aprobado o rechazado, Saúl fue hasta el final defendido por Samuel (...), del cual (los obispos) aunque indignos conservan el lugar en la Iglesia... Sabéis muy bien además cómo David ordenó obrar por lo que atañe a él, para conseguirse buenas gracias, se había jactado de haber alzado la mano sobre el ungido del Señor... Por el caso de que alguien lo ignorara, recordemos que él ordenó condenarlo a muerte. Pues quien pone la mano sobre el ungido del Señor, se acrimina con Cristo mismo, Señor de todos los ungidos o crismados (Christos), y perece bajo los golpes del poder espiritual...

 

Mon. Ger. His., Capitularia Regum Francorum, II, pp. 427 y ss., en: Pacaut, M., La Théocratie. L'Eglise et le Pouvoir au Moyen Age, Aubier, Ed. Montaigne, Collection Historique, 1957, Paris, pp. 234. v. Antoine, C., Martínez, H., Stambuk, M., Yáñez, R., Relaciones entre la Iglesia y el Estado desde el Nuevo Testamento hasta el tratado De La Monarquía de Dante, Memoria Inédita, Academia Superior de Ciencias Pedagógicas, 1985, Santiago, p. 326.