CARTA DE GERMÁN DE CONSTANTINOPLA ACERCA DE LAS IMÁGENES

 

El ilustrísimo patricio Tarasio nos entregó una carta de vuestra beatitud en la que se hace referencia al bienaventurado obispo de Nacolia. Queremos informaros de que, con anterioridad a la recepción de las letras de vuestra beatitud, habiendo estado aquí el mismo bienaventurado obispo, entablamos conversación con él, examinado sus ideas, para saber cuál era su mentalidad acerca de lo que se nos había referido de él.

Siendo necesario poner detalladamente todo este asunto en conocimiento de vuestra beatitud, os diré que la defensa que él presentó en su favor consistió en afirmar que había escuchado lo que dice la Escritura: No hagas ninguna imagen para postrarte ante ella, ni de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que existe abajo en la tierra y que, por tanto, no se debe venerar ninguna obra de nuestras manos, o sea fabricada por el hombre, y que por eso se juzga que son dignos de toda alabanza los santos mártires de Cristo, verdaderas piedras preciosas de la fe, y se implora su intercesión.

A estas razones nosotros respondimos diciendo que la fe, el culto y la veneración que practicamos los cristianos se dirigen solamente al único Dios, de acuerdo con lo que está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a El solo servirás y que nuestra glorificación y adoración son presentadas a Él sólo por las potestades incorpóreas, santas y espirituales que están en los cielos y por los que, estando en la tierra, han conocido el camino de la verdad. Así, en todas las iglesias de Cristo del mundo entero es alabada y glorificada la Santa Trinidad, en unidad de dominio y de divinidad, siendo reconocida por nosotros como un solo Dios, fuera del cual no hay poder alguno que prevalezca sobre el Eterno y conduzca todas las cosas, tanto visibles como invisibles, del no ser a la existencia. Ésta es la Santa, consustancial y vivificante Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Nosotros, teniendo y profesando esta fe, hemos sido bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, según nos ha enseñado el mismo Verbo de Dios, que se ha hecho hombre, nuestro Señor Jesucristo, que es una de las personas de la Santa e incomprensible Trinidad. Nosotros no adoramos a ninguna creatura -Dios nos libre de ello-, ni prestamos a nuestros consiervos el servicio de culto que se debe únicamente a la soberanía divina. Efectivamente, cuando veneramos a los reyes o príncipes de este mundo, sabemos bien que no les prestamos la misma veneración que ofrecemos a Dios. Cuando aparece el profeta Natán postrándose en tierra para venerar a David, que era hombre y rey, no se le hace reproches como si hubiera dado culto a un hombre en perjuicio del que se debe a Dios. No consideramos que sea una desviación del culto perfecto debido a Dios al hacer íconos, usando la cera y los colores, pues no modelamos una imagen, una imitación, una figura, o una forma de divinidad invisible, que ni siquiera las jerarquías superiores de los santos ángeles son capaces, en modo alguno, de comprender y de escrutar.

El Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, para rescatar a su propia creatura de la condena de muerte con el beneplácito del Padre y del Espíritu Santo, juzgó conveniente hacerse hombre y parecerse a nosotros por la participación de nuestro cuerpo y sangre, de modo que, según dice el gran Apóstol, se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado. En razón de ello, nosotros representamos en los íconos su figura humana y el aspecto de su naturaleza carnal, pero no su divinidad incomprensible e invisible. De este modo procuramos manifestar las verdades de la fe, haciendo ver que el Verbo asumió nuestra naturaleza, no como una apariencia o una sombra, según erróneamente afirmaron algunos antiguos herejes, sino que, en realidad, de verdad fue hombre plenamente en todo menos en el pecado, que fue sembrado en nosotros por el enemigo. Con esta fe firme y segura acerca de Cristo, reproducimos la figura de su santa carne en los íconos, venerándolos y considerándolos dignos de todo honor y respeto, puesto que nos recuerdan el divino y vivificante misterio de la Encarnación.

De modo semejante representamos la figura de su inmaculada Madre según la carne, la Santa Madre de Dios, poniendo de manifiesto que, siendo ella mujer por naturaleza y no ajena a nuestra condición terrenal, de un modo que sobrepasa la comprensión de los hombres y de los ángeles, concibió en su seno al Dios invisible, que con su mano todo lo gobierna, y lo dio a luz, habiendo asumido de ella la carne. Nosotros la enaltecemos como propia y verdadera Madre del verdadero Dios, y la consideramos superior a todas las creaturas visibles e invisibles. En cuanto a los santos mártires de Cristo, los apóstoles, los profetas y justos y los demás santos que han sido consiervos nuestros y verdaderos servidores de Dios, que, con sus buenas obras, con la predicación de la verdad y con la paciencia en los sufrimientos que han soportado por Dios, se han hecho distinguidos amigos suyos y han alcanzado gran valimiento ante Él, nosotros los admiramos y los proclamamos bienaventurados y reproducimos sus imágenes para memoria de su nobleza y de su intrepidez en el divino servicio.

No les tributamos el amor y la veneración que se deben a la gloria y al poder de Dios, como si consideráramos que comparten la naturaleza divina, sino que, mediante la representación de su figura, expresamos nuestro amor hacia ellos y la firmeza con que creemos las verdades de la fe que hemos escuchado. Efectivamente, puesto que somos de carne y sangre, nos vemos impulsados a reforzar, también por medio de la vista, las certezas que radican en nuestra alma. Los santos de Dios, a su vez, para ser fieles al culto, a la alabanza y a la adoración del único Dios verdadero y para recomendarnos y enseñarnos lo mismo, derramaron su sangre y recibieron la corona correspondiente a su sincera confesión de fe.

Éste es el sentido que tiene el hacer íconos. No se trata de que la adoración en espíritu y en verdad que se debe tributar a la incomprensible e inaccesible divinidad, la traspasemos a unas imágenes fabricadas a mano y que son obra de artífices humanos, o a las creaturas visibles e invisibles que Dios ha hecho, sino que de esta manera manifestamos el amor que es justo que tengamos a los verdaderos siervos de nuestro Dios. A través del honor que les tributamos, nosotros prestamos culto y reverencia a Dios, que ha sido glorificado por ellos y que les ha glorificado por haber ellos confesado su soberanía. Con las buenas obras y la resistencia a las pasiones nos mostramos como imitadores de su valentía y de su amor a Dios. Por tanto, todos deben tener el convencimiento de que la fabricación de íconos es una práctica sólidamente establecida en la Iglesia de Cristo y que cuanto hace referencia a la salvación, tanto si corresponde al mundo visible como al siglo futuro, no lo recibimos de ninguna parte más que del Hijo Unigénito de Dios, que, junto con el Padre y el Espíritu Santo, es el que concede los dones divinos. No se ha dado, en efecto, a los hombres ningún otro nombre en el que debamos ser salvos.

Si nosotros reverenciamos y besamos los íconos de nuestro Señor y Salvador y los de su purísima Madre, verdadera Madre de Dios, y los de los santos, no tenemos, sin embargo, respecto de ellos, una idéntica fe y una misma disposición de ánimo. Reconocemos a Dios, que no tiene principio ni fin, que con su mano sostiene todas las cosas, que es creador nuestro y de todos los seres y verdaderamente Dios Salvador, que tiene poder en el cielo y sobre la tierra y se ha hecho verdadero hombre en beneficio del género humano. Reconocemos a la que, con toda propiedad y verdad, es sierva y Madre del Señor y poderosísima intercesora nuestra. Sabemos, en efecto, que Dios, como Señor, es el que concede lo que hace referencia a nuestra salvación, y que María, por su condición de madre, intercede por nosotros. Reconocemos también a todos los santos como consiervos nuestros que poseen nuestra misma naturaleza y que, según hemos dicho, han venido a ser agradables a Dios, han obtenido una suprema confianza y bienaventuranza junto a Él y han alcanzado de Dios también la gracia de suministrarnos los beneficios que de Él derivan, como la curación de enfermedades y la liberación de peligros. En realidad invocamos a Dios cuando hacemos memoria de los santos y, en cuanto nos es posible, les alabamos y glorificamos con nuestros cánticos de acuerdo con lo que dice la Escritura: El recuerdo de los justos es objeto de alabanza.

Todas estas cosas las expusimos al bienaventurado obispo de Nacolia, del que hicimos mención al principio, el cual las aceptó y manifestó, como si se hallara en la presencia de Dios, el Señor de todos, que así lo creía firmemente y que no diría ni haría cosa alguna que causara escándalo o pudiera ocasionar turbación al pueblo. Por lo cual, vuestra beatitud debe actuar de modo que su bienaventurado Sínodo no sufra ataque ni padezca escándalo alguno. Haga comparecer, pues, a dicho obispo y, después de leerle esta carta nuestra y de asegurarse de su asentimiento a ella, háganse intensas plegarias por la vida larga y feliz y por la victoria de nuestros ilustrísimos señores los emperadores, y en favor del pueblo cristiano implórese la paz de Dios, que supera todo sentir.

 

Germán de Constantinopla, Cartas acerca de las imágenes sagradas, I, Trad. de G. Pons, Ed. Ciudad Nueva, Segunda Ed., 2001 (1991), Madrid, pp. 161-170.