DONACIÓN DE PIPINO (756) 

 

...Un mensajero imperial se apresuró a ir a la presencia del mencionado cristianísimo rey de los francos. Lo encontró más acá de la frontera lombarda, no lejos de la ciudad de Pavía, y le rogó urgentemente, con la promesa de muchos presentes imperiales, que entregara a las autoridades imperiales la ciudad de Ravenna y las otras ciudades y las fortalezas del Exarcado. Pero no pudo persuadir al fuerte corazón de ese cristianísimo y benévolo rey, que era fiel a Dios y amaba a San Pedro, es decir, Pipino, rey de los francos, a entregar esas ciudades y lugares a la autoridad imperial. Ese mismo amigo de Dios, muy bondadoso rey, se negó rotundamente a enajenar esas ciudades del poder de San Pedro y de la jurisdicción de la Iglesia Romana o pontífice de la Sede Apostólica. Afirmó bajo juramento que no había hecho la guerra tantas veces para obtener el favor de nadie, sino por el amor de San Pedro y por la remisión de sus pecados, y declaró que el acrecentamiento de su tesoro no le persuadiría a quitar lo que una vez había ofrecido a San Pedro...

Habiendo adquirido todas estas ciudades, redactó un documento de donación para la posesión perpetua de ellos por San Pedro y la Iglesia Romana y por todos los pontífices de la sede apostólica. Este documento todavía existe en los archivos de nuestra Santa Iglesia. El cristianísimo rey de los francos envió a su consejero Fulrad, venerable abad y sacerdote, a tomar posesión de las ciudades, y él mismo se puso en camino alegremente y sin tardanza con sus ejércitos para regresar a Francia. El dicho venerable abad y sacerdote, Fulrad, vino a la región de Ravenna, con embajadores del rey Astolfo, y entrando en todas las ciudades de la Pentápolis y Emilia, tomó posesión de ellas, y también rehenes de entre los hombres principales de cada ciudad, y recibió las llaves de las puertas. Entonces vino a Roma, y, poniendo sobre la tumba de San Pedro las llaves de Ravenna y las de las otras ciudades del Exarcado junto con la ya mencionada donación referente a ellas concedida por su rey, las entregó para que quedaran en propiedad y en dominio perpetuos del apóstol de Dios y de su santísimo vicario, el Papa, y de todos sus sucesores en el papado.

 

Vita Stephani, II, Ed. L. Duchesne, in Liber Pontificalis, Paris, 1886, pp. 452-454, en: Gallego Blanco, Relaciones entre la Iglesia y el Estado en la Edad Media, Ed. Revista de Occidente, 1970, Madrid, pp. 84 y s.